Hace unas semanas cerramos una temporada más. La perspectiva del tiempo siempre ayuda a entender mejor lo que ha ocurrido y a pasar, después, a la acción en los temas importantes. La ABP lleva 40 años defendiendo los derechos y las condiciones de los jugadores, y esa trayectoria nos permite considerarnos una voz autorizada para destapar problemas y poner el hombro donde haga falta. Queremos hacer un repaso de lo que este verano nos parece importante para mejorar.
Barça y Real Madrid jugaron la primera final de la Liga U22. Ganaron ellos, sí, pero también ganó Estados Unidos. Ocho jugadores de la columna vertebral de los dos equipos que dominaron la competición —Boumtje Boumtje, Kusturica, Sayon Keita, Mo Keita, Amosov, Frolov, Grinvalds, y a la espera Almansa— hacen las maletas este verano hacia la NCAA o el sistema universitario americano.
No es una anécdota de mercado veraniego. Es la fotografía exacta del problema que la Liga U decía venir a resolver. La competición se presentó como la respuesta al éxodo de talento joven español hacia Estados Unidos, y un año después de su primera edición, el escaparate que debía retener a los mejores ha terminado siendo, para muchos de ellos, el último paso antes de irse. Esto no cuestiona el esfuerzo ni la buena intención de quienes la diseñaron. Cuestiona si una liga de formación, por sí sola, puede compensar algo que ocurre más arriba. Aún hay una pregunta más incómoda que emerge del análisis de la temporada: el grueso de los jugadores que abandonaron la Liga U fueron extranjeros, lo que plantea si estamos usando recursos públicos de formación para promocionar a jugadores que no aportarán al baloncesto español. No es una anécdota. Es un patrón que obliga a repensar para qué sirve realmente esta competición.
Y lo que ocurre más arriba tiene un diagnóstico de fondo. El último informe FIBA sitúa la presencia de jugadores españoles en la Liga Endesa en un mínimo histórico: 25%. España encabeza el ranking de extranjería entre las grandes ligas europeas (75%), muy por encima de Francia (51%) o Alemania (59%). Hace diez años, un jugador español ocupaba uno de cada tres minutos disponibles; hoy, uno de cada cuatro. La edad media de los españoles en ACB también baja, hasta los 25,9 años, frente a los 29,1 de los extranjeros no comunitarios. No es que los jóvenes no lleguen. Es que, cuando llegan, tienen cada vez menos tiempo para asentarse antes de que el hueco se cierre. De poco sirve construir una buena competición de formación si el techo al que aspira ese jugador ofrece cada vez menos sitio. Un chaval de 17 años no elige la NCAA solo por dinero o marca: elige minutos, continuidad y un proyecto donde crecer. Si no lo encuentra aquí, lo busca fuera, y ahora mismo, en muchos casos, ni siquiera hace falta esperar a los 22 años para comprobarlo.
A esto se suma un fenómeno que en ABP llevamos años señalando: la mercantilización de las categorías de formación. Estructuras pensadas para ganar campeonatos a corto plazo, con jugadores tratados como inversión y reventa antes que como personas en desarrollo. Un modelo que produce títulos vistosos —y los ha producido, con creces, esta última temporada— pero no necesariamente jugadores que terminen vistiendo la camiseta del primer equipo cinco años después.
Y hay un tercer frente, más silencioso pero igual de revelador: la guerra del cupo que se libra este verano. Varios equipos han fichado para la próxima temporada jugadores que cumplen los requisitos de formación local sin haber pisado la Liga Endesa la campaña anterior, algunos formados en España pero con toda su carrera hecha fuera, cubriendo la plaza de cupo sin ser, en la práctica, el jugador que la norma quería proteger. El cupo se cumple sobre el papel, pero no siempre en el espíritu con el que se creó.
Por eso el caso de Mario Saint-Supéry importa tanto, y por eso conviene contarlo. El base malagueño, formado en la cantera de Unicaja, hizo el camino de ida a la NCAA el año pasado, cuando en su propia casa no encontró el sitio que buscaba. Este verano ha hecho el camino de vuelta: cuatro temporadas con el Valencia Basket, como base llamado a liderar el proyecto. No ha vuelto por nostalgia. Ha vuelto porque alguien le ha ofrecido lo que antes no tuvo: minutos, responsabilidad y un plan a largo plazo. Es la prueba de que el talento sí regresa cuando hay un sitio real esperándolo.
No escribimos esto para cargar contra nadie en particular. Desde ABP lo venimos repitiendo desde 2018: el baloncesto español necesita una conversación seria, conjunta y sin urgencias de titular, sobre el modelo de competición, los cupos y las oportunidades reales para los jugadores nacionales. No es una conversación contra nadie. El talento joven español sigue ahí. Lo que falta es un sitio donde se quede.
